Laffer fue un economista americano que ganó notoriedad durante el gobierno de Reagan como miembro del consejo consultivo de política económica.

En el anterior post nombré la curva de Laffer y no quiero dejar pasar la oportunidad de ahondar en ella.

En un ambiente de crisis como el que vivimos y en el que el endeudamiento público no ha hecho sino crecer a ritmos alarmantes los gobiernos, para conseguir hacer frente al coste de la deuda y su devolución, deben optar por dos vías:

– Subir la recaudación fiscal

– Disminuir el gasto

En una coyuntura como la actual, la reducción del gasto es muy complicada ya que, por un lado crece el gasto por prestaciones sociales y, por otro, la mal llamada política keynesiana orientada a aumentar el consumo por medio del gasto (mal llamada ya que Keynes sostenía esa acción en momentos de crisis financiándola con el ahorro derivado de los ciclos económicos prósperos y jamas ha habido ahorro alguno).

Los ingresos del gobierno dependen de la recaudación fiscal, es decir, los impuestos.

La curva de Laffer relaciona los ingresos fiscales con el tipo impositivo dando lugar a una curva cóncava.

Impuestos curva de Laffer

La forma de la curva de Laffer se explica teóricamente:

-Si el tipo impositivo es igual a 0% los ingresos fiscales serán obligatoriamente nulos.

-Si el tipo impositivo es igual al 100% entonces no existirá oferta ni demanda de ningún bien.

Si partimos del hecho de que tenemos dos puntos iguales a cero y que, la experiencia nos dice que la recaudación fiscal es positiva, entonces obtenemos esa curva de Laffer.

Así pues, como vemos en el gráfico de arriba, existe un máximo en la función de recaudación a partir del cual el aumento de la presión fiscal genera una disminución de la recaudación.

El argumento detrás de la curva de Laffer es sencillo:

El aumento de la presión fiscal genera, en un primer momento, un aumento de la recaudación. La multiplicidad de variables a las que afecta la presión fiscal, sin embargo, nos puede acercar a vislumbrar cómo ese primer efecto puede ser no sólo anulado por un segundo efecto sino superado por él.

Este segundo efecto es sobre el que voy a inferir ahora. El aumento de la presión fiscal afecta a la renta disponible y a la inversión.

Pensemos en un país, llamémoslo España, que tiene un impuesto de sociedades del 35% y un país, llamémoslo Irlanda, que tiene un impuesto de sociedades del 12,5%. Cualquier gran empresa e incluso medianas y pequeñas tendrán un incentivo adicional al ya existente si la presión fiscal en España aumenta para trasladar su sede o incluso sus operaciones (dependerá de la naturaleza del negocio y del grado de internacionalización) a Irlanda. Accesoriamente, la inversión será mas facil de llevar a cabo, por un menor coste, en países con una baja presión fiscal.

Podemos pensar también en una familia cualquiera. Cuanto mayor es la presión fiscal sobre ellos menor es su capacidad de consumo y, por tanto, caerá el consumo (no hablamos de bienes de primera necesidad). Si añadimos la posibilidad de que esa familia sea adinerada, los alicientes a cambiar de residencia se incrementan.

No podemos pasar por alto que, tener ricos en un país, aunque estadísticamente aumente la diferencia entre ricos y pobres, el hecho de que no estuvieran no haría mas ricos a los pobres. En adición a ello, con el dinero de las grandes fortunas depositado en los bancos se financian actividades empresariales.

Así pues tenemos una visión intuitiva de como subir impuestos no implica un aumento de la recaudación fiscal. Laffer sin embargo no propuso ninguna forma para conocer en que punto de la curva nos encontramos y, por tanto, la aplicación práctica basándonos en el comportamiento de la recaudación explicada por la curva continua, aun hoy, siéndonos desconocida.

Sería tremendamente reduccionista sostener que bajar impuestos trae consigo siempre un aumento de ingresos fiscales. Por ejemplo, tenemos la época de Reagan que bajó los impuestos sin reducir el gasto público provocando un aumento desmesurado de la deuda.